
Te observo pensativo, ausente; mientras miras por la ventana como el mundo sigue su curso aún sin nosotros dos.
Caminando de puntillas sin hacer ruido alguno me acerco a tu espalda y en un conato de ternura que no he podido resistir mi boca traviesa busca el lóbulo de tu oreja, mi nariz se refugia en el comienzo de tu nuca y mi aliento roza tu piel desnuda.
Y ella, aún tibia; me habla con tal elocuencia, que me doy cuenta en un segundo exacto en mi memoria, que las palabras ya no me sirven de mucho, que no son más que simbolos vacios, muertos, carentes, obsoletos ante los significados que en tu reacción encuentro.
Contigo no las echo en falta, sólo tu respiración contenida antes de volverse susurro, antes de volverme gemido.
Antes de que mi mundo se vuelva a detener en el cielo de tu boca, en el brillo de tus pupilas.
Caminando de puntillas sin hacer ruido alguno me acerco a tu espalda y en un conato de ternura que no he podido resistir mi boca traviesa busca el lóbulo de tu oreja, mi nariz se refugia en el comienzo de tu nuca y mi aliento roza tu piel desnuda.
Y ella, aún tibia; me habla con tal elocuencia, que me doy cuenta en un segundo exacto en mi memoria, que las palabras ya no me sirven de mucho, que no son más que simbolos vacios, muertos, carentes, obsoletos ante los significados que en tu reacción encuentro.
Contigo no las echo en falta, sólo tu respiración contenida antes de volverse susurro, antes de volverme gemido.
Antes de que mi mundo se vuelva a detener en el cielo de tu boca, en el brillo de tus pupilas.
AACT.-
2007.-

