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November 08, 2008

Primo


Se caracterizaba por tener un carácter genuino y dicharachero, siempre haciendo sonreír y contándole chistes a todo el mundo. A todo el que se detuviese un rato a saludarle.
Propiamente, era el payaso de mi familia en aquella época dura.
Primo, era un adolescente cuando empezó la guerra (la 2da), quizás solo era un poco mayor que mi zia. Ambos, con toda la vida por delante.

Papá solo tenía 5 años por aquel entonces, y él, como todos, tuvo que salir a trabajar para ayudar con el ingreso familiar, barriendo en una barbería vecina.
Contaba que su cabeza no alcanzaba ni siquiera el alto de las mesas donde apoyaban los espejos, así que mientras esperaba barrer los restos del próximo cliente, se quedaba allí, escuchando las noticias, los chismes, los cuentos agradables o no.
Sin entender la jota, la verdad sea dicha. Solo eran gente grande hablando de cosas de gente grande.

Cuando llegaba la hora de la comida, él huía veloz para encontrarse con sus hermanos y Primo. Todos se sentaban juntos en cualquier parte y mientras alargaban el momento de tragar, lo aderezaban con las historias que habían ido recopilando a lo largo del día. Ya ni siquiera miraban con tedio el menú de todos los días. A cada uno le correspondía una manzana y una nuez. Así, todos los días hasta que se acabase la bolsa, que a esa edad, parecía que no se acabaría nunca.
Aunque el hambre afilase mucho, ellos mismos debían determinar si las engullían por completo en la misma comida o si lo hacían por parte, para ir amortiguando el estomago a través de las horas. Eran tiempos terribles, donde la generosidad no es que no existiese, es que no se podía serlo y ellos la padecían, como todos.
Al principio de la guerra, las cosas no parecían tan malas, de hecho daba para un sin fin de anécdotas como para no acabar. Lo realmente malo fue cuando las anécdotas se volvieron monótonas y los días no daban para algo menos intenso.
Con la misma lentitud con la que pierde agua un cactús, ellos no encontraban esperanza alguna en salir vivos de aquel infierno, de hecho; dramatizaban distintos finales para cada uno pero siempre terminaban preguntandose lo mismo: ¿Habrá comida en el cielo?
Todo se volvió gris. Gris teñido de rojo y de miedo.
Los días pasaban muy rápido, con mucho trabajo, mucha hambre y poca paga.
Las noches en cambio, tardaban en acabar. Eran casi tan largas como los suspiros que se escuchaban en el vecindario.
Dormían vestidos, con un ojo abierto y otro cerrado. Con las tripas en concierto perenne y con lo indispensable a mano para salir corriendo al escuchar las sirenas. Contando una semana buena y otra no tanto por el número de bombardeos ocurridos.
Tratando de dormir en los refugios mientras afuera ardía todo. Sin saber si al volver sus casas estarían en pie. Pensando en si todos los que les importaban habrían conseguido refugiarse. Tratando de no perderse entre tantas piernas que corrían al mismo tiempo.
Fué en esa época en la que casi todos los miembros de mi familia dejaron de creer en Dios.
Algunos de ellos, retomaron el romance cuando la guerra termino. No todos pudieron.

Cuando se encontraban allá abajo, en los tuneles; Primo era el primero siempre en decir alguna tontería. Comenzaba a hacer burlas, a reír o a hacer payasadas mudas cuando se requería silencio. Eso, hasta que un día una de las bombas cayó tan cerca, pero tan cerca, que Primo encaneció delante de todos los que estaban allí.
Magia. Plufff!
Si, su cabello negro de niño-adolescente; se volvió blanco. Más blanco que el cabello de su nonna y por ende, dejo de reír.

Cuando volvió la mañana siguiente a los escombros, si a eso se le podía llamar casa; se vio en un espejo roto y no se reconoció. No pudo llorar, solo dejo de reír.
El tiempo como siempre, termino pasando. Paso la guerra junto con nosecuántos bombardeos más y Primo ya casi no hablaba. Caminaba como un fantasma, no hacia ruido alguno, no reía. Ya no, él solo temblaba. No podías sorprenderlo con la mano en el hombro porque gritaba casi tan duro como las mismas sirenas. Todos los que le querían se ubicaban en su radio de visión antes de atreverse a hablar.
Mi padre desde ese entonces le apodó la "Foglia".
Una noche ya sin guerra, al fin toda la familia se sentó en la misma mesa para poder comer la primera buena comida en mucho, muchisimo tiempo(a veces creó que lo hicieron más para contarse que por cualquier otra cosa).
Primo estaba tan relajado, se veía una nota de emoción en sus ojos y se relamía los labios cada vez que probaba un bocado; que nadie le reconocía. No se parecía al chico de antes de la guerra y tampoco al que la vivió.
No era él, era otro que se parecía a él.
Pero lo importante era que estaba allí. Había sobrevivido y seguía junto a ellos.
La comida se dilato, todos hablaban aún muy bajo, acostumbrándose a sus propias libertades.
De pronto, quizás por la fuerza de la juventud, de la edad o del buen animo; uno de los más chicos dijo: -¡
Contaré un chiste como los de antes, como los de Primo!- y sin dar tiempo a nada ni a nadie se paro en su silla, cogió dos tapas y dijo algo así como: -¡Tantán! y golpeó las tapas una contra otra.
Las hizo sonar lo más fuerte que pudo, con la fuerza de su emoción.
Todos vieron como Primo se sobresalto, levanto la mano en un gesto para decir que NO y con el mismo, la poca vida que quedaba en los ojos de la "foglia" sucumbió.
Se fue.
Murió de espanto.
Allí, delante de todos los suyos Primo murió con 17 años de edad por culpa de 2 tapas de ollas que olian, por primera vez en mucho tiempo ,a carne.
Al final, como todo en mi familia, el infortunio se volvió chiste. Un mal chiste, pero chiste al fin.
El primo más chico fue apodado desde entonces "L´assassino di coperchi".
Mi padre contaba estas historias solo cuando los ojos se le ponían muy grises y remataba diciendo con una sonrisa muy grande, que si en ese entonces se hubiese detenido a llorar, no hubiese parado nunca.

(Hoy me levante recordando esto y pude volver a verle en una de las sillas del patio de nuestra de casa, contándomela mientras yo me comía un plato enorme de lechoza y
cambúr, bañado en jugo de limón y azúcar).